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  Cuentos
 

 

 
  Lo que pasó en Sufralia
 

Esa ciudad se llamaba así porque había sido fundada, en una isla lejana, por gente de Suiza, de Francia y de Italia.

Nadie sabe por qué esas personas se habían ido de sus respectivos países para viajar, en distintos barcos, claro, y llegar todos a la vez el mismo día, a la misma hora.

Al desembarcar, pensaron que iban a estar solos.

Los suizos entraron por el Norte, los franceses por el Sur y los italianos por el Este (en el Oeste había una selva espesa y misteriosa. Ninguno se animó a entrar por ahí).

Justo en el corazón de la isla se encontraron.

Se miraron de arriba abajo y comenzaron a discutir y a discutir:

—¡Que nosotros llegamos primero!… ¡Que acá se hará la plaza!… ¡Que acá se construirá el hospital!

En lugar de ponerse de acuerdo, cada minuto que pasaba la situación empeoraba. Ni les cuento cuando llegó el momento de ponerle nombre a la ciudad…

—Se llamará Sufralia, porque nosotros los suizos llegamos primero.

—Se llamará Frasulia, porque nosotros los franceses amarramos el barco antes que nadie.

—Se llamará Liafrasu, porque los italianos, cuando ustedes llegaron, hacía rato que estábamos aquí, comiendo tallarines.

Otra vez, discusión y discusión.

Entonces, tres ancianos representantes de cada país se sentaron debajo de una palmera a deliberar. Luego de un rato, dijeron:

—¡Todo arreglado! ¡Escuchen! La isla se llamará, del l al 10 de cada mes, Sufralia. Del 11 al 20, Frasulia y del 21 al 31, Liafrasu.

¡Qué disparate!

Todos se miraron, murmuraron entre sí y, aunque no estaban muy de acuerdo, comenzaron a buscar cosas para construir sus casas.

Justo en ese momento, una nenita, tirando del vestido de su mamá, preguntó:

—¿Y la bandera? ¿De qué color será la bandera?

¡Por qué no se habrá callado! Otra vez empezó la discusión.

—Que sea como la de Francia: azul, blanca y roja.

—¡Que tontería! Será como la italiana: verde, blanca y roja.

—Mejor como la de Suiza: roja con una cruz blanca.

Y para debajo de la palmera se fueron a deliberar otra vez los ancianos…

Casi al anochecer, se pusieron de pie y gritaron:

—¡Señoras y señores! ¡La bandera será totalmente blanca, y al que no le guste, que se tire al agua y lo discuta con los tiburones!

Otra vez, enojados los unos con los otros, se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, comenzaron a construir la ciudad.

Durante días y días trabajaron sin parar y sin mezclarse.

Italianos con italianos. Franceses con franceses. Suizos con suizos.

Los hombres nunca organizaban campeonatos de fútbol. Los chicos jugaban en la plaza por turnos. Las mujeres no intercambiaban recetas de cocina.

Pero un día pasó algo que cambiaría la historia de Sufralia, digo, Frasulia… este…, no, de Liafrasu… Bueno, no sé si esto ocurrió un día 3, 15 o 30.

El caso es que en el lado oeste de la isla, los salvajes que habitaban la selva espesa y misteriosa, advirtieron que algo pasaba en los alrededores. Salieron armados hasta los dientes a investigar…

—¡Ser enemigos! —dijo el jefe, luciendo una hermosa vincha de plumas —¡Atacar ya!

—¡No! ¡Esperar! —dijo el brujo—. Parece que ser cobardes… ¡Mirar! Ya tener bandera blanca… rendirse antes de pelear.

—Tener razón —dijo el jefe—, ir en son de paz, pero estar atentos…

Se acercaron lentamente, rodeando por completo la ciudad.

Cuando los franceses, los italianos y los suizos los vieron, empezaron a correr para un lado y para el otro, sin saber qué hacer.

Muertos de miedo, fueron a buscar a los tres ancianos y los llevaron casi en andas hasta sentarlos debajo de la palmera para que deliberaran.

Los ancianos trataban de pensar en medio de dos grupos: uno de franceses, italianos y suizos que gritaban como locos, y otro, más afuera, de salvajes que miraban, lo más tranquilos, todo lo que ocurría.

Pasaban los minutos y, distraídos por la desesperación, franceses, italianos y suizos empezaron a mezclarse y a conversar…

Mientras tanto, esa nena del principio del cuento, sin que nadie se diera cuenta, se acercó al jefe de los salvajes y le dijo:

—¡Qué lindas plumas! ¿Me das una?

—¡Yo darte! En choza tener más… —le contestó tranquilamente.

La nena se puso la pluma entre su rubio cabello y corrió a buscar a su mamá.

—¡Mirá, mami! ¿Te gusta? Me la regaló el señor de las plumas…

Primero la mamá se desmayó y cuando logró despertarse, avisó a todos lo que había ocurrido. ¡No existía peligro alguno! Se acercaron todos a todos, comenzaron a estrecharse las manos y a abrazarse.

Desde entonces, la plaza nunca más se usó por turnos. Los papás jugaban al fútbol y a las bochas. Las mamás cambiaban las recetas de las tortas por las de los canelones.Eso sí, la bandera siguió siendo blanca y la ciudad continuó llamándose: del 1 al 10 Sufralia, del 11 al 20, Frasulia, y del 21 al 31, Liafrasu.

¡Qué disparate!

 

 

 
  Edith Mabel Russo
 
 
PCS
 
la guitarrita roja
 
 
 
 
 
 
     
         
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