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  Cuentos
 

 

 
  ¿Y la gorra de Andrés?
 

Andrés estaba jugando en la plaza con sus amigos.

Se subieron a los trepadores. Se deslizaron un montón de veces por el tobogán y dieron cinco vueltas en la calesita. Corrieron y corrieron de aquí para allá.

Al rato, como se sentían cansados, se tiraron panza arriba sobre el pasto y mirando el cielo empezaron a jugar a descubrir formas en las nubes. ¡Es tan divertido!

Andrés descubrió un león corriendo.

Su amigo Pablo un dragón con fuego en la boca.

Su amigo Agustín una víbora larguísima, interminable.

Así siguieron, hasta que de pronto... Las nubes empezaron a juntarse unas con otras, cada vez más, hasta formar un mantel gris que ocupó todo el cielo.

El viento comenzó a correr y las primeras gotas de lluvia no tardaron en regalar su ¡PLIC PLIC PLIC! sobre el pasto.

Andrés, Pablo y Agustín se fueron corriendo. Iban tan apurados que de repente la gorra roja de Andrés se escapó de su cabeza. El viento la llevaba cada vez más lejos.

-¡Mi gorra! -gritó Andrés-. ¡Se va mi gorra!

-¡Vamos! –le dijo Pablo-.Cuando pase la tormenta la venimos a buscar y listo.

Andrés siguió corriendo pero cada tanto se daba vuelta por si en la ronda del viento se veía su gorrita.

En la casa de Agustín, los tres juntos tomaron la leche mientras esperaban que la lluvia se alejara.

Y la lluvia se alejó al ratito nomás.

Entonces los tres amigos volvieron a la plaza en busca de la gorra.

Entre las plantas no estaba.

Entre los juegos tampoco.

Tampoco flotaba en el agua de la fuente.

De pronto, Andrés gritó:

-¡Allá está! ¡En aquel árbol! ¿La ven entre esas ramas? ¡Voy a subir a buscarla!

Los amigos le hicieron pie y Andrés comenzó a trepar y a trepar.

Cuando llegó, vio que su gorra estaba dada vuelta y que dentro de ella había cinco pajaritos bebés durmiendo acurrucados bajo las tibias alas de su mamá.

-¡Claro! Enseguida se dio cuenta de que la tormenta, sin querer, les había destruido el nido.

Pero ahora... ¡Qué cómodos y calentitos estaban!

Andrés bajó del árbol contentísimo y les contó con orgullo a Pablo y a Agustín, por si no lo sabían, que una simple gorra puede servir para mucho más que para proteger la cabeza de la lluvia y el sol.

 

 

 
  Edith Mabel Russo

 

(Primer Premio concurso latinoamericano de cuentos para Jardín de Infantes Martha Salotti. Año 1995)
 
 
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la guitarrita roja
 
 
 
 
 
 
     
         
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